Durante la pandemia de Covid-19, que mantuvo en vilo al mundo por dos años, comenzamos con mi esposo un proyecto de auto-protección, en una zona rural cercana a Montevideo, Uruguay. Buscábamos hacer algo muy sencillo, agradable, pero alejado del bullicio de la ciudad, donde pudiésemos evitar contagio con el virus, cultivar alimentos rápidamente y continuar con nuestras labores de lectura, investigación y escritura.
Además, personalmente, me entusiasmaba la idea de avanzar en dos de mis pasiones en la vida: el diseño de espacios habitables y la agroecología. En pocos meses logramos generar un bello espacio, que ha servido de refugio saludable, nos ha llenado de gratificaciones y aprendizajes y nos ha permitido recibir amigos y amigas para conversar y disfrutar de la gastronomía y la naturaleza. Haber asumido plenamente este desafío y poder tenerlo hoy como ejemplo de lo que puede hacerse con pocos recursos y mucho entusiasmo, ha sido un regalo de energía y alegría infinitas.
Primero, evaluamos opciones de espacios, estilos de la pequeña unidad de vivienda que deseábamos tener y evaluando bien lo que ambos queríamos lograr en una pequeña finca orgánica, con las condiciones y tiempo de dedicación para hacerlo viable. Con algunas habilidades personales cultivadas a lo largo de la vida, me propuse como diseñadora del espacio y acordamos hacerlo reciclando dos módulos de contenedores, uno grande y uno chico. Durante semanas dibujé planos en la computadora, examinamos una y otra vez, y volvimos a pensar y conversar sobre cómo debía funcionar un espacio pequeño que debía lucir muy grande. Pensamos cada detalle, hasta dónde debían ubicar los enchufes, las luces internas y externas, cómo debían abrir las puertas y ventanas y en cómo garantizar estabilidad de temperatura interna todo el año a través de un sistema de aislamiento y ventilación cruzada.
Mi interés de larga data por el urbanismo y la arquitectura permitieron que lleváramos un proyecto bien pensado, con un croquis artesanal de dibujos en la compu, a una empresa de reciclado de contenedores. En tres meses la unidad estaba instalada en un bello predio, de cerca de 2,000 metros cuadrados, que originalmente había sido propiedad nuestra, pero que el actual dueño estuvo contento de cedernos en comodato; un acuerdo recíprocamente conveniente para ambos.
Entonces me fui a estudiar, durante un año, diseño paisajístico y a conocer sobre plantas en la región Sur del mundo. Sigo tomando cursos y compartiendo con personas que combinan práctica agroecológica con diseño de jardines y creo que hemos logrado un modelo de manejo del terreno que genera sabrosas frutas y verduras y nos provee belleza, paz y armonía todo el año. Y lo más importante, es que todo lo que está planteado en el proyecto es de bajo costo, utiliza materiales reciclados, pesticidas naturales, fertilizantes y composta casera y restauración tanto de equipos, muebles, como de ecosistemas. Nuestra calidad de vida ha aumentado significativamente desde haber recuperado una intensa relación con la naturaleza. Compartir esta experiencia con quienes me han conocido en otros menesteres, me resulta muy hermoso. Van algunas fotos de este proyecto experimental que está en curso.